¿Competitividad o ansias de genialidad?

La ausencia de expresión de la genialidad pasa factura. ¿No lo cree así usted?

    Todos somos geniales.
    Todos somos maravillosos.
    Todos tenemos algo que aportarle a la Vida.
    Todos tenemos derecho a alcanzar nuestros sueños.
    Todos tenemos derecho a  equivocarnos y dar vueltas en círculos mágicos hasta llegar a la meta a nuestro  tiempo, ritmo y manera.
    Todos tenemos derecho a perseguir metas.
    Todos tenemos derecho a cuidar de nuestro corazón.

Entonces, si es cierto que todos somos geniales, tenemos derecho a la felicidad, a disfrutar y a hacer realidad nuestros sueños, ¿cómo es que  lo pasamos tan mal tratando de lograr  nuestras metas?. Cuestión de competitividad errónea.
Competir contra uno mismo es lo que hacemos toda vez que nos centramos  en lograr la meta, esto es, hacer lo que hacemos única y exclusivamente para lograr  alcanzar el supuesto premio o beneficio que reside en la consecución del  objetivo. Si en vez de ello, nos dedicásemos a disfrutar del proceso y nos centrásemos en el presente, podríamos dedicar nuestras energías y  esfuerzos a elaborar  estrategias, definir aprendizajes, rectificar rumbos, y jugar con el destino… Y, así, sin darnos cuenta, llegaríamos a la tan ansiada meta. Pero, paradojas del destino,  cuánto más nos esforzamos  en llegar a la meta, ésta se vuelve más y más esquiva, y a veces, es cierto que llegamos, pero a costa de nuestra salud, felicidad,  bienestar espiritual o propia vida.
Ninguna meta debería robarnos el sueño, y sin embargo, lo hace.
Pero… ¿por qué nos afanamos tanto en competir?
¿Será porque  nos han inculcado que ganar es de triunfadores, mientras que perder se reserva para  los fracasados, aquellos que carecen de talento, dones o capacidades suficientes  como para llegar a la meta?
La sociedad actual nos impulsa, mejor dicho, nos fuerza a competir contra nosotros mismos, nos  manipula psicológicamente para que  dejemos a un lado nuestro sentir y nos esforcemos en demostrarle al mundo lo “mucho que valemos”. Porque si no se lo demostramos es que no podemos. Luego, si podemos  tenemos que  demostrar que valemos.

    Mentiras podridas.
    Verdades distorsionadas.
    Nada es cierto y todo lo es.
    No hay nada malo en competir, siempre y cuando usted no  se deje el alma en el camino de la  competición contra un dragón invisible e inexistente.
    Recuerde que su vida, su ser es más valioso que nada.

Si de verdad usted quiere hacer realidad un sueño propio, por y para usted mismo, usted cuidará de sí mismo durante todo el proceso no  permitiendo que los demás le digan lo qué tiene que  hacer, ni tratando de imitar o emular a nadie… Usted, solo se fijará en usted mismo, contará con usted mismo, y  será su mejor guía. 
Cuando uno diseña un sueño propio, se centra en el proceso, en disfrutar  con cada paso que da camino de la meta, olvidándose de si  otros lo lograron o lo lograrán y usted no. Un ser humano que cree en sí mismo, se esponsoriza positivamente, esto es, se da ánimos, cree en sí mismo, se da  buenas  palabras como alimento para su alma, y se busca gente a su alrededor que le apoye en su sueño y no contra sí mismo.
Se da el caso de bailarinas de ballet clásico, por  poner un ejemplo que conozco de cerca  (yo he hecho ballet clásico), que se convierten en anoréxicas porque su profesor de ballet les “mina el alma todo el rato” con  anti-piropos o anclajes de lo más negativos, y es que ellas, sobre todo ellas, “nunca  están lo suficientemente delgadas”. Y, ellas, niñas aún por madurarles la  psique, se dejan a un lado, hacen caso omiso de su cuerpo y alma, y así desprotegidas de sí mismas, sólo atienden a lo que afuera les dice  esa “figura de autoridad”.  Si el sueño fuese de ellas, si hiciesen ballet por decisión propia y no por hacer realidad de forma vicaria indirecta o directa el sueño de alguna otra persona que no sean  ellas mismas,  nunca se auto-atacarían convirtiéndose en anoréxicas.

    “No por mucho competir contra uno, se llega antes a la meta.”
    Todos tenemos opciones.
    Todos podemos elegir.

La vida es una cuestión de opciones. Para muestra la siguiente metáfora “CUESTIÓN DE AFILAR”. Fuente: anécdota.
En British Columbia  (Canadá) se celebraba el anualmente “Campeonato  Mundial de Taladores de troncos”. Después de varios días de competición, habían llegado a la final solamente dos  participantes: uno canadiense y uno noruego.
La tarea estaba muy bien organizada, cada uno de ellos  tenía asignado un sector del bosque para talar troncos. Se  trataba de ver quién era capaz de cortar más troncos entre las 8 de la mañana y las 4 de la tarde. Quién cortase mayor número de troncos, sería el ganador   indiscutible.
A las ocho en punto, un silbato anunció el comienzo de la competición. El intenso y rítmico sonido de las hachas talando los troncos era lo único que se  oía hasta que a las nuevo menos diez de la  mañana, el noruego dejó de talar. El canadiense, tomándose este silencio de su competidor como una oportunidad, redobló  sus esfuerzos.
A las 9 en punto, el candiense oyó como el noruego comenzaba de nuevo a  talar. Una vez más solo se oyeron rítmicos hachazos talando los troncos de  los árboles, hasta que a las diez menos diez, el noruego volvió a parar. De nuevo, el canadiense continuó talando decido a aprovechar al  máximo la debilidad de su  contrincante noruego.
A las diez en punto, el noruego reanudó su tarea, y sin descanso hincó su hacha en los troncos de los árboles ritmicamente hasta las once menos  diez en que de nuevo  se detuvo. El ánimo del canadiense se infló de confianza y comenzando a saborear la victoria continuó talando a su ritmo imparable.
Y así  fueron transcurriendo las horas. Siempre cuando faltaban diez minutos para  la hora en punto, el noruego dejaba de talar mientras que el canadiense continuaba con su  tarea. Y, así fue hasta que a las 4 de la tarde sonó el silbato del juez dando por terminada la competición. En ese momento,  el ánimo del canadiense no albergaba la  más mínima duda acerca de quién era el ganador.
Puede usted imaginarse cómo le pilló por sorpresa el descubrir que había perdido.
“¿Cómo lo has logrado?”, le  preguntó  al noruego. “Durante todo el día, cuando faltaban diez minutos para la hora en punto, te he oído parar. Luego, ¿cómo demonios puedes haber cortado más leña  que yo? No es posible, no.”
“Es muy simple”, le  respondió el noruego asertivamente. “Es cierto, cada hora, cuando faltaban diez minutos para la hora en punto, he  parado. Y, mientras tu continuabas cortando, yo me dedicaba a afilar mi hacha.”

Si perseguimos  la meta sin descanso ni tregua, si “no afilamos nuestra hacha”  metafóricamente hablando, puede que nos suceda lo que al canadiense… que no logremos ganar. Descanse, afile sus capacidades, pula sus dones y llegará a  la meta.  Triunfará en sus logros.
Ese “detenerse a afilar” simbólico, se refiere a cuidar de uno mismo, a darse descanso, permitirse la inspiración, la nutrición de su alma y el  alimento de su psique. Si uno  compite contra sí mismo, se tensiona demasiado y acaba por romperse literal o figuradamente.
Ninguna meta merece la pena.
Ninguna meta es, ni debería ser, más importante que usted para usted.
Cuando usted  se haya ido, otros vendrán que lograran llegar a esas metas.
En esta  sociedad capitalista y alienista del ser humano, competir se ha convertido en una obligación, pues nadie quiere ser tachado de perdedor, de  fracasado. Nadie quiere  perder, y sin embargo, la paradoja es que pierden su estima, su bienestar interior, su felicidad, su tranquilidad, su… Aunque esas pérdidas al no ser cuantitativas y  contabilizables, parecen  no importar… hasta que es demasiado tarde para algunos: enfermedades varias que nos impiden disfrutar de la vida, cansancio extremo,  depresión, muerte física, pérdida del sentido vital, vejez prematura…

    Ninguna meta debería ser más importante que el alma.
    Competir, no.
    Mostrar la genialidad de uno, sí.
    Pero, ¿qué es eso de mostrar la genialidad de uno?

Sencillamente, se trata de hacer aquello que está acorde con nuestras creencias, que resuena con nosotros y nuestra escala de valores.  Hagamos lo qué hagamos, que sea solo por y desde  nosotros, y no para demostrarle nada a nadie.
Si usted compite, en el aspecto o área que sea de la vida, contra  usted mismo, esto es, por demostrarle algo a alguien o para quedar bien con la sociedad, usted es  esclavo de sí mismo, y los esclavos ya se sabe: carecen de libertad  para tomar deciciones y, privados de su libertad de toma de decisiones, son como una especie de cometa frágil mecida por el caprichoso viento.

    Deje ya de querer emular a alguien.
    Aparque la competitividad neurótica y enfermiza.
    Deje ya de tratar de demostrarle al mundo que  vale. Usted es un ser valioso por sí mismo, y  no ha de demostrar nada a nadie, ni tan siquiera a sí mismo.
    DISFRUTE.
    Viva su vida, solo tiene esta.
    Nadie se lo agradecerá cuando se haya muerto.
    Llegue a las metas que le dé la gana llegar, a su  ritmo y manera. Diseñe sus propios sueños, y disfrútelos.
    Está en su derecho a cambiar de sueños, dejar metas de lado y enfocar la proa de su vida rumbo a los mares del sur.

Si compite contra sí mismo, no disfrutará del proceso, y si, además de no disfrutar no alcanza su meta nunca, la frustración será tremenda.  Por consiguiente, disfrute, relájase y fluya  con el proceso que le llevará a su sueño. Paradójicamente, cuando dejamos de aferrarnos a la meta o sueño, ésta se  manifiesta, esto es, alcanzamos aquello que tanto hemos añorado.
Y, cuando llegue a la meta,  cruce el umbral y déjese imbuir de las mieles del triunfo.
Recuerde que usted es un ser magnífico, perfecto y valioso por sí mismo. Tener sueños y querer hacerlos realidad no significa “competir contra uno mismo.”
Usted no es  sus logros, ni sus medallas, ni su fortuna material, ni su coche, ni su casa, ni su fama. Usted es su alma, y el alma está más allá de toda gloria material. Ninguna alma  se merece que la llenemos de  negrura persiguiendo una meta que cuando la alcancemos se revelará vacía de aquello que creímos nos iba a otrogar cuando llegásemos.
Una meta es simplemente una meta.
Una meta no proporciona ni felicidad, ni  valía, ni amor, ni estima, ni coraje, ni seguridad, ni confianza, ni… Una meta es  simplemente eso: una meta, un punto artificial diseñado por el hombre para liarle el sentido a otros.
Sea feliz independientemente  de las metas a las que consiga  llegar, y pase por ellas como pasea por la arena de la playa.
Sea feliz en su genialidad y déjela fluir.

© Rosetta Forner 4 Febrero 2004

¿Quién es Rosetta Forner?
Rosetta es  trainer de PNL y Coach (Life&Personal y  Profesional-business), Reiki master y  escritora.

Lecturas recomendadas:
* LA REINA QUE DIO CALABAZAS AL CABALLERO DE LA ARMADURA OXIDADA

 (RBA)
* COACHING PERSONAL CON PNL

(Dilema)
 

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