Sinopsis:



No te niegues la vida, no te quites la corona para parecer menos alta y que así tu caballero de armadura demasiado oxidada se sienta cómodo en su altura junto a ti.”

"Para poder dar amor del bueno, para poder amar incondicionalmente, primero habrás tenido que independizarte emocionalmente, lo cual equivale a “amar a corazón abierto, con toda la integridad y honestidad de tu alma, y la valentía y coraje suficientes como para largarte de la relación si la otra persona te traiciona, deja de amarte o no te ama con la calidad de amor que tu alma y nivel de conciencia requieren.”

Detrás de toda Reina existe una historia con su punto de fantasía pero repleta de vivencias que querrían ostentar el rango de olvidables, de amores que nacieron limpios y luego extraviaron el sentido.

Detrás de toda Reina hay una historia de inocente corazón, y desconocida corona.

Detrás de toda reina hay un sueño de búsqueda eterna por cuya consecución es capaz hasta de empeñar la corona y de afrontar los demonios más oscuros.

Detrás de toda reina hay una historia confesable de amor perdido, traicionado, hallado, soñado, sentido, ignorado y aprendido.

Dentro de toda reina existe un alma fuerte que arriesga todo con tal de vivir su vida y alcanzar el destino de su corona.

 

Prólogo

 


Caballero oxidado, caballero muerto.
por Javier Sierra

    
     Érase una vez un reino en el que los caballeros presumían de tener armaduras oxidadas y sus damiselas se resignaban a ser conquistadas por ellos. Un reino en el que los padres enseñaban a sus hijos qué hacer para que las corazas brillantes con las que venían al mundo fueran adquiriendo esa pátina de óxido que da nobleza. Un lugar, a su vez, en el que las madres enseñaban a sus hijas a ver el lado bueno de la herrumbre y a no dejarse seducir por los brillos metálicos de gentilhombres presuntuosos. Y así, contra todo pronóstico, la moda de aquel remoto, remotísimo reino, se extendió más allá de sus límites naturales.

Su modo de ver las cosas traspasó ríos y montañas, y reinos en los que los caballeros limpiaban a diario sus armaduras, batiéndose en justa lid con enemigos feroces a causa de sus princesas o por el honor de vencer imposibles, terminaron por aceptar aquella tendencia venida del extranjero, sucumbiendo a su opaco fulgor.

Fue una conquista silenciosa, extraña, que por supuesto jamás requirió combate alguno. Si alguna vez un caballero de armadura reluciente tropezaba con otro oxidado, el último terminaba por convencerle de la comodidad de la vida fácil sin si quiera desenvainar su espada. “¿Para qué lustras tu coraza si la herrumbre le da tanta solera?”, decían. Y así, aquellas armaduras pardas fueron ganaron terreno lenta pero implacablemente.

Pero ocurrió algo todavía más extraño: los fieros dragones que en otro tiempo se enfrentaban a los caballeros resplan- decientes, terminaron acostumbrándose a aquellos nuevos guerreros de sangre tibia, que jamás les plantaban cara. Los monstruos perdieron interés por secuestrar a las damiselas, muchas de las cuales morían de pena sin ser reclamadas jamás, y aquellas gestas poderosas que un día ilustraron los cantares de trovadores y clérigos terminaron borrándose de la memoria de aquel reino.

Un día, sin embargo, cuando los oxidados descansaban de su falta de trabajo bajo unos árboles frondosos, llegó alguien de un mundo no tocado por la herrumbre. Era una reina hermosa, de gran carácter, dispuesta a no permitir caballeros herrumbrosos a su vera. Aquella reina sagaz, se dio cuenta de que el óxido de las armas de aquellos gañanes era el reflejo de la decadencia sentimental de los hombres. Varones otrora entregados a la fuerza del mito, al valor de la lucha por ideales, languidecían inx- plicablemente en sus casas, tumbados en el sofá. Lo peor era que sin armadura a punto, tampoco había Griales que buscar, dragones o miedos internos que vencer, ni Avalones o altas metas a los que dirigirse.

Lo que la reina descubrió fue terrible: ¡ese reino de oxidados somos nosotros!

En efecto. Somos una sociedad que ha perdido el gusto por el sendero iniciático, por la preparación paso a paso para enfrentarse a la vida, que cree que los dragones nacen envasados en tetrabriks y que las princesas sólo existen en los cuentos de Disney. Sólo algo me reconforta. Que por suerte, ese reino desencantado, cansino, se encuentra ya en su lecho de muerte. Una muerte que será real, dura, implacable, y que acabará en breve con millones de oxidados.

     ¿Por qué estoy tan seguro? Porque a nuestras librerías llegan cada vez más obras como ésta. Escritos de reinas como Rosetta Forner que nos devuelven el gusto por el mito, por las altas empresas, por la búsqueda del amor mayúsculo. Y porque de un tiempo a esta parte, los nuevos caballeros leen a Harry Potter o al Señor de los Anillos, devoran novelas de intriga mágica y en su fuero interno ya disfrutan del lado trascendente y glorioso de la vida. El único, por cierto, que acabará –y pronto- con el funesto reino de los oxidados.

     Requesquiat in pacem.

 © Javier Sierra es director de la revista Más Allá de la Ciencia, y ha escrito numerosos libros entre "Las puertas templarias" y "El secreto egipcio de Napoleón". Caballero oxidado, caballero muerto...
 

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